Muchos creyeron ver otra prueba de su mal atribuida personalidad macabra, en el hecho de encontrar en su celda; con cierta asiduidad, cajas con animales embalsamados (pajarillos, ratones o incluso algún pequeño gato). Adecuaba primorosamente los cuerpos al tamaño y forma de estas, para posteriormente recubrirlos con aceite usado de la cocina penitenciaria. Cerraba entonces las cajas colocando sobre la tapa una escueta nota que contenía los datos del animal. Primera vez que lo vio, cómo y dónde apareció muerto, así como la fecha, duración e incidencias; si la hubiera, del embalsamamiento.
Se trataba no sólo de un acto de supervivencia: pues el calor se acumulaba en el interior de las celdas y pasaban varios días (semanas incluso) sin salir de ellas, aun no estando clasificadas como plazas de aislamiento. También hay que apuntar su espíritu ecologista, tan incomprendido entre compañeros y guardianes, que le llevó a desarrollar; con los únicos elementos que tuvo a mano, el interés por los métodos de conservación alimentaria.
Cierto es que trató en todas y cada una de las escasas ocasiones en que la madre y Aurora le visitaron, que éstas se llevaran las cajas; aun sabiendo de antemano que aquello era imposible. Pero no era, como tantas veces se ha argumentado, por salvaguardar “su obra”, si no que el olor de los cadáveres aceitados no le dejaba dormir.
Cuando Aurora acudió a la que fuera su última visita a la penitenciaría, y fue conducida, a través del patio desconchado y mohoso hasta el pasillo que - ya sin guardia- recorría de a pasitos, traía pegada la angustia del mal presentimiento.
Sobre el cemento que conformaba el suelo de la celda, y aún con los barrotes echados, observó apesadumbrada la gran sombrerera que Gabriel había encargado en el economato hacía tan sólo una semana. Las paredes de cartón deformadas destilaban aceite que se expandía en irregulares hilos por la celda. No hizo falta abrirla para saber qué encontraría dentro. Y así, discreta como era, se arrodilló y alargó el brazo entre las rejas para alcanzar la misiva que , como siempre, acompañaba la caja, y para conocer , tras leerla, que su amante llevaba meses pudriéndose por dentro y por tanto preparando la mortaja.
El caso se archivó bajo el argumento; nunca confirmado, de que alguno de los habitantes de la Penitenciaria San Eleuterio había puesto fin a su vida y convertido en burla final el que hubiera sido no sólo el hobby de Gabriel, sino la pasión que le conformara. De hecho, yo era de la misma opinión hasta que Aurora me mostró el último etiquetado.
Aún paso días sin dormir cuando la mente - jugándome mala pasada- me arroja a los recuerdos de Gabriel, a aquella capa de aceite ya algo solidificado, que me angustia por mostrar la evidencia inequívoca del tiempo que pasó aún vivo dentro de la caja, acomodando su escuálido cuerpo a las curvas de cartón, recubriéndose de aceite hasta dejar sólo una mano sobresaliendo del líquido, con la que poder cerrar la tapa.
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